martes, 3 de marzo de 2009

POR UN PAIS AL ALCANCE DE LOS NIÑOS. Gabriel García Márquez
Las primeros españoles que vinieron al Nuevo Mundo vivían aturdidos por el canto de los pájaros, se mareaban con la pureza de los olores y agotaron en pocos años una especie exquisita de perros mudos que los indígenas criaban para comer. Muchos de ellos, y otros que llegarían después, eran criminales rasos en libertad condicional, que no tenían más razones para quedarse. Menos razones tendrían muy pronto los nativos para querer que se quedaran.
Cristóbal Colón, respaldado por una carta de los reyes de España para el emperador de China, había descubierto aquel paraíso por un error geográfico que cambió el rumbo de la historia. La víspera de su llegada, antes de oír el vuelo de las primeras aves en la oscuridad del océano, había percibido en el viento una fragancia de flores de la tierra que le pareció la cosa más dulce del mundo. En su diario de abordo describió que los nativos los recibieron en la playa como sus madres los parieron, que eran hermosos y de buena índole, y tan cándidos de natura, que cambiaban cuanto tenían por collares y sonajas de latón.
Pero su corazón perdió los estribos cuando descubrió que sus narigueras eran de oro, al igual que las pulseras, los collares, los aretes y las tobilleras: que tenían campanas de oro para jugar, y que algunos ocultaban sus vergüenzas con una cápsula de oro. Fue aquel esplendor ornamental, y no sus valores humanos, lo que condenó a los nativos a ser protagonistas del nuevo Génesis que empezaba aquel día. Muchos de ellos murieron sin saber donde estaban. Cinco siglos después, los descendientes de ambos no acabamos de saber quiénes somos.
Era un mundo más descubierto de lo que se creyó entonces. Los Incas, con diez millones de habitantes, tenían un estado legendario bien constituido, con ciudades monumentales en las cumbres andinas para tocar al dios solar. Tenían sistemas magistrales de cuenta y razón, y archivos de memorias de uso popular, que sorprendieron a los matemáticos de Europa, y un círculo laborioso de las artes públicas, cuya obra magna fue el jardín del palacio imperial, con árboles y animales de oro y plata en tamaño natural. Los Aztecas y los Mayas habían plasmado su conciencia histórica en pirámides sagradas entre volcanes ecezantes, y tenían emperadores clarividentes y artesanos sabios que desconocían el uso industrial de la rueda, pero la utilizaban en los juguetes de los niños.
En la esquina de los dos grandes océanos ,se extendían cuarenta mil leguas cuadradas que Colón entrevió apenas en su cuarto viaje, y que hoy lleva su nombre: Colombia.
La habitaban desde hacía unos doce mil años varias comunidades dispersas de lenguas diferentes y culturas distintas, y con sus identidades propias bien definidas.
No tenían una Nación de estado, ni unidad política entre ellas, pero habían descubierto el prodigio político de vivir como iguales en las diferencias.
Tenían sistemas antiguos de ciencias y educación, y una rica cosmología vinculada a sus obras de orfebres geniales y alfareros inspirados. Su madurez creativa se había propuesto incorporar el arte a la vida cotidiana - que tal vez sea el destino superior de las artes - y lo consiguieron con aciertos memorables, tanto en los utensilios domésticos como en el modo de ser. El oro y las piedras preciosas no tenían para ellos un valor de cambio sino un poder cosmológico y artístico, pero los españoles los vieron con los ojos de Occidente: oro y piedras preciosas de sobra para dejar sin oficio a los alquimistas y empedrar los caminos del cielo con doblones de a cuatro. Esa fue la razón y la fuerza de la Conquista y la Colonia, y el origen real de lo que somos.
Tuvo que transcurrir un siglo para que los españoles conformaran el estado colonial, con un solo nombre, una sola lengua y un solo dios. Sus límites y su división política de doce provincias eran semejantes a los de hoy. Esto dio por primera vez la noción de un país centralista y burocratizado, y creó la ilusión para una sociedad que era un modelo oscurantista de discriminación racial y violencia larvada, bajo el manto del Santo Oficio. Los tres o cuatro millones de indios que encontraron los españoles estaban reducidos a un millón por la crueldad de los conquistadores y las enfermedades desconocidas que trajeron consigo. Pero el mestizaje era ya una fuerza demográfica incontenible, y los esclavos africanos, traídos por la fuerza para los trabajos bárbaros de minas y haciendas, habían aportado una tercera dignidad al caldo criollo, con nuevos rituales de imaginación y nostalgia, y otros dioses remotos, pero las leyes de Indias habían impuesto patrones milimétricos de segregación según el grado de sangre blanca dentro de cada raza: mestizos de distinciones varias, negros, esclavos, negros libertos, mulatos de distintas escalas. Llegaron a distinguirse hasta dieciocho grados de mestizos, y los mismos blancos españoles segregaron a sus propios hijos como blancos criollos.
Los mestizos estaban descalificados para ciertos cargos de mando y gobierno y otros oficios públicos, o para ingresar en colegios y seminarios. Los Negros carecían de todo, inclusÍve de un alma; no tenían derecho a entrar en el cielo ni en el infierno, y su sangre se consideraba impura hasta que fuera decantada por cuatro generaciones de blancos.
Semejantes leyes no pudieron aplicarse con demasiado rigor por la dificultad de distinguir las intrincadas fronteras de las razas, y por la misma dinámica social del mestizaje, pero de todos modos aumentaron las tensiones y la violencia raciales. Hasta hace pocos años no se aceptaban todavía en los colegios de Colombia a los hijos de uniones libres. Los Negros, iguales en la ley, padecen todavía de muchas discriminaciones, además de las propias de la pobreza.
La generación de la Independencia perdió la primera oportunidad de liquidar esa herencia abominable. Aquella pléyade de jóvenes románticos inspirados en las luces de la revolución francesa, instauró una república moderna de buenas intenciones, pero no logró eliminar los residuos de la Colonia. Ellos mismos no estuvieron a salvo de sus hados maléficos. Simón Bolívar, a los 35 años, había dado la orden de ejecutar ochocientos prisioneros españoles, inclusive a los enfermos de un hospital. Francisco de Paula Santander, a los 28, hizo fusilar a los prisioneros de la batalla de Boyacá, inclusive a su comandante. Algunos de los buenos propósitos de la república propiciaron de soslayo nuevas tensiones sociales de pobres y ricos, obreros y artesanos y otros grupos marginales. La ferocidad de las guerras civiles del siglo XIX no fue ajena a esas desigualdades, como no lo fueron las numerosas conmociones políticas y civiles que han dejado un rastro de sangre a lo largo de nuestra historia.
Dos dones naturales nos han ayudado a sortear ese sino funesto, a suplir los vacíos de nuestra condición cultural y social, y a buscar a tientas nuestra identidad. Uno es el don de la creatividad, expresión superior de la inteligencia humana. El otro es una arrasadora determinación de ascenso personal. Ambos, ayudados por una astucia casi sobrenatural, y tan útil para el bien como para el mal, fueron un recurso providencial de los indígenas contra los españoles desde el día mismo del desembarco. Para quitárselos de encima, mandaron a Colón de isla en isla, siempre a la isla siguiente, en busca de un rey vestido de oro que no había existido nunca. A los conquistadores convencidos por las novelas de caballería los engatusaron con descripciones de ciudades fantásticas construidas en oro puro. A todos los deslumbraron con la fábula de El Dorado mítico que una vez al año se sumergía en su laguna sagrada con el cuerpo empolvado de oro. Tres obras maestras de una epopeya nacional, utilizadas por los indígenas como un instrumento para sobrevivir. Tal vez de esos talentos precolombinos nos viene también una plasticidad extraordinaria para asimilarnos con rapidez a cualquier medio y aprender sin dolor los oficios más disímiles: fakires en la India, camelleros en el Sahara o maestros de inglés en Nueva York.



Del lado hispánico, en cambio, tal vez nos venga el ser emigrantes congénitos con espíritu de aventura que no elude los riesgos. Todo lo contrario: los buscamos. De unos cinco millones de colombianos que viven en el exterior, la inmensa mayoría se fue a buscar fortuna sin más recursos que la temeridad, y hoy están en todas partes, por las buenas o por las malas razones, haciendo lo mejor o lo peor, pero nunca inadvertidos. La cualidad con que se les distingue en e] folklore del mundo entero es que ningún colombiano se deja morir de hambre. Sin embargo, la virtud que más se les nota es que nunca fueron tan colombianos como al sentirse lejos de Colombia.
Así es. Han asimilado las costumbres y las lenguas de otros como las propias, pero nunca han podido sacudirse del corazón las cenizas de la nostal~ia. y no pierden ocasión cte expresarlo con toda clase de actos patrióticos para exaltar lo que añoran de la tierra distante. inclusive sus defectos. En las ciudades menos pensadas cte cualquier país puede encontrarse a la vuelta de un a esquina la reproducción en vivo de una calle cualquiera de Colombia: las casas de colores intensos, la fonda con el nombre de la ciudad amada. el salón de cine en español. la escuela 20 de Julio junto a la cantina 7 De Agosto con sus chorros de músicas enloquecidas, la plaza de árboles polvorientos todavía con las guirnaldas de papel del último viernes fragoroso.
La paradoja es que estos conquistadores nostálgicos, como sus antepasados. nacieron en un país de puertas cerradas. Los libertadores trataron de abrirlas a los nuevos vientos de Inglaterra y Francia, a las doctrinas jurídicas y éticas de Bentham, a la educación de Lancas{er, al aprendizaje cte las lenguas, a la popularización de las ciencias y las artes, para horrar los vicios de una España más papista que el papa y todavía escaldada por el acoso financiero de los judíos y por ochocientos años de ocupación islámica. Los radicales del siglo XIX. y más tarde la Generación del Centenario, volvieron a proponérselo con políticas de inmigraciones masivas para enriquecer la cultura del mestizaje. pero unas y otras se frustraron por un temor casi teológico de los demonios exteriores. Aún hoy está lejos de imaginar cuánto dependernos del vacío mundo que ignoramos.
Somos conscientes de nuestros males, pero nos hemos desgastado luchando contra los síntomas mientras las causas se eternizan. Nos han escrito y oficializado una versión complaciente de la historia. hecha más para esconder que para clarificar, en la cual se perpetúan vicios originales. se ganan batallas que nunca se dieron y se sacralizan glorias que nunca merecimos. Pues nos complacemos en el ensueño de que la historia no se parezca a la Colombia en que vivimos. sino que Colombia termine por parecerse a su historia escrita.
Por lo mismo, nuestra educacion conformista y represiva parece concebida para que los niños se adapten por la fuerza a un país que no fue pensado para ellos. en lugar de poner el país al alcance de ellos para que lo transformen y engrandezcan. Semejante despropósito restringe la creatividad y la intuición congénitas. y contraría la imaginación. la clarividencia precoz y la sabiduría del corazón, hasta que los niños olviden lo que sin duda saben de nacimiento: que la realidad no termina donde dicen los textos, que su concepción del mundo es más acorde con la naturaleza que la de los adultos, y que la vida sería más larga y feliz si cada quien pudiera trabajar en lo que le gusta, y sólo en eso.
Esta encrucijada de destinos ha forjado una patria densa e indescifrable donde lo inverosímil es la única medida de la realidad. Nuestra insignia es la desmesura. En todo: en lo bueno y en lo malo, en el amor ¡en el odio, en el júbilo de un triunfo y en la amargura de una derrota. Destruimos a los ídolos con la misma pasión con que los creamos. Somos intuitivos, autodidactas espontáneos y rápidos y trabajadores encarnizados, pero nos enloquece la sola idea del dinero fácil. Tenemos en el mismo corazón la misma cantidad de rencor político y de olvido histórico. Un éxito resonante o una derrota deportiva pueden costarnos tantos muertos como un desastre aéreo. Por la misma causa somos una sociedad sentimental en la que prima el gesto sobre la reflexión, el ímpetu sobre la razón, el calor humano sobre la desconfianza. Tenemos un amor casi irracional por la vida, pero nos matamos unos a otros por las ansias de vivir. Al autor de los crímenes más terribles lo pierde una debilidad sentimental. De otro modo: al colombiano sin corazón lo pierde el corazón.
Pues somos dos países a la vez: uno de papel y otro en la realidad. Aunque somos precursores de las ciencias en América, seguimos viendo a los científicos en su estado medieval de brujos herméticos, cuando ya quedan muy pocas cosas en la vida diaria que no sean un milagro de la ciencia. En cada uno de nosotros cohabitan, de la manera más arbitraria, la justicia y la impunidad; somos fanáticos del legalismo, pero llevamos bien despierto en el alma un leguleyo de mano maestra para burlar las leyes sin violarlas, o para violarlas sin castigo. Amamos a los perros, tapizamos de rosas el mundo, morimos de amor por la patria, pero ignoramos la desaparición de seis especies animales cada hora del día y de la noche por la devastación criminal de los bosques tropicales, y nosotros mismos hemos destruido sin remedio uno de los grandes ríos del planeta. Nos indigna la mala imagen del país en el exterior, pero no nos atrevemos a admitir que la realidad es peor. Somos capaces de los actos más nobles y de los más abyectos, de poemas sublimes y asesinatos dementes, de funerales jubilosos y parrandas mortales. No porque unos seamos buenos y otros malos, sino porque todos participamos de ambos extremos. Llegado el caso - y Dios nos libre - todos somos capaces de todo.
Tal vez un reflexión más profunda nos permitiría establecer hasta qué punto este modo de ser nos viene de que seguimos siendo en esencia la misma sociedad excluyente, formalista y ensimismada de la Colonia. Tal vez una más serena nos permitiría descubrir que nuestra violencia histórica es la dinámica sobrante de nuestra guerra eterna contra la adversidad; tal vez estemos pervertidos por un sistema que nos incita a vivir como ricos mientras el cuarenta por ciento de la población malvive en la miseria, y nos ha fomentado una noción instantánea y resbaladiza de la felicidad; queremos siempre un poco más de lo que ya tenemos, más y más de lo que parecía imposible, mucho más de lo que cabe dentro de la ley, y lo conseguimos como sea: aún contra la ley. Conscientes de que ningún gobierno será capaz de complacer esta ansiedad, hemos terminado por ser incrédulos, abstencionistas e ingobernables, y de un individualismo solitario por el que cada uno de nosotros piensa que sólo depende de sí mismo. Razones de sobra para seguir preguntándonos quiénes somos, y cuál es la cara con que queremos ser reconocidos en el tercer milenio.
La Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo no ha pretendido una respuesta, pero ha querido diseñar una carta de navegación que tal vez ayude a encontrarla. Creemos que las condiciones están dadas como nunca para el cambio social, y que la educación será su órgano maestro. Una educación desde la cuna hasta la tumba, inconforme y reflexiva, que nos inspire un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma. Que aproveche al máximo nuestra creatividad inagotable y conciba una ética - y tal vez una estética - para nuestro afán desaforado y legítimo de superación personal. Que integre las ciencias y las artes a la canasta familiar, de acuerdo con los designios de un gran poeta de nuestro tiempo que pidió no seguir amándolas por separado como a dos hermanas enemigas. Que canalice hacia la vida la inmensa energía creadora que durante siglos hemos despilfarrado en la depredación y la violencia, y nos abra al fin la segunda oportunidad sobre la tierra que no tuvo la estirpe desgraciada del coronel Aureliano Buendía. Por el, país próspero y justo que soñamos: al alcance de los niños

Los semilleros de Investigación y su aporte al Desarrollo Humano

LOS SEMILLEROS DE INVESTIGACIÓN Y SU APORTE AL DESARROLLO HUMANO
Por Sergio René Oquendo Puerta

Guardaos (dijo el labrador) de vender el patrimonio,
Dejado por vuestros padres,
Veréis que esconde un tesoro.
Los semilleros explican y subsanan hoy muchos de los problemas de nuestro débil sistema educativo
Pero el padre fue sabio
Al mostrarles, antes de morir,
Que la educación es un tesoro.
Jean de La Fontaine[1]

Al interior de las Universidades surgen estrategias para el crecimiento y desarrollo de la de la ciencia la tecnología y la innovación, considerando en éstos los medios más importantes para la generación de conocimientos pertinentes para enfrentar las problemáticas sociales. Desde las políticas nacionales e internacionales han privilegiado el apoyo a los grupos de investigación conformados por profesores y direccionados generalmente a coyunturas nacionales.

Alrededor de estas nuevas dinámicas se presenta como una emergencia la necesidad de formar profesionales con actitudes y aptitudes científicas, surge aquí una nueva realidad para la educación superior. “el problema de la investigación en pregrado” aspecto que el sistema políticamente no ha solucionado.

Por otra parte, pero frente a la realidad contextuada, emergen de la nada muchas veces, otras, de necesidades ya creadas, pero todas buscando un espacio que permita posibilitar y acercar los estudiantes a la vida cotidiana y de mejor forma a su formación disciplinar.

Los semilleros de investigación. Se presentan como una alternativa para la formación en la investigación, un espacio diferente a los instituidos en los planes de estudio de los programas que ofrecen las Universidades, pero a la vez respondiendo a las patología de diseño y función del sistema educativo y todos sus programas.

De semilleros hemos hablado que son una emergencia en pos del conocimiento y la ciudadanía; de las experiencias del qué y del cómo; de los caminos de los semilleros. Ahora, de los semilleros se podría seguir hablando tantas cosas como semilleros existan, porque cada uno es un complejo de realidad en construcción de sí y de sentido, sin embargo, entre otros muchos aspectos que se pueden conceptuar propongo tres campos como lo son:

El componente educativo de los semilleros: donde importaría comprender más a fondo sus didácticas, pedagogías y modelos de enseñanza - aprendizaje que entre otros, evidencian la propuesta constructivista de Piaget y Vigoztky; ambientes de aprendizaje que dan cuenta de tiempo, espacio, recursos (escuela abierta), medios; formación por competencias, el concepto y rol del docente, del estudiante, de la participación, el concepto de escuela y de evaluación entre otros.

El contenido curricular de los semilleros: donde la pregunta natural es ¿qué se enseña en el semillero?, ¿qué se debería enseñar?, ¿Cuánto tiempo?, ¿los por qué? y ¿los cómo?; el papel de la lectura, la escritura, la expresión oral, los sentidos como fundamento de las destrezas del pensamiento, el contexto, la realidad, la intersubjetividad, la transdiciplinariedad, el método y el objeto de estudio, entre otros.

El componente de gestión escolar de los semilleros: que no puede faltar, pero que en la realidad educativa es un mínimo que muchas veces damos por descontado y del cual dependen horarios, aulas, pago de docentes, medios educativos, frecuencias de reunión, cohortes, etapas, financiación, proyección, pasantias, publicaciones, asistencia a eventos y en fin, en gran parte componentes para la pervivencia de los semilleros.

Todo lo anterior tiene su propio peso, sin embargo, se queda por fuera evidenciar cómo cada espacio que se crea de semilleros, aporta al desarrollo de potencialidades, capacidades y libertades, a la satisfacción de necesidades y a la inclusión educativa como componentes fundamentales del desarrollo Humano.

Por desarrollo humano se entiende el proceso integral e integrado, cíclico, espiralado, reconfigurativo, no sumativo, heterocrónico, no homocrónico, que se genera en la participación del sujeto en sistemas de intercambio con el mundo. Por lo tanto, la satisfacción de las necesidades, el desarrollo de las potencialidades humanas, y el despliegue de las capacidades.

El desarrollo humano entonces, es constituirse como sujeto, esto es, llegar a tener conciencia de sí y del mundo y de la capacidad para transformarse/lo. Hacerse sujeto es ser proyecto, individual y colectivo.


Para Manfred Max-Neef[2]: El desarrollo son las personas, no las cosas. Su propuesta considera que las necesidades son un conjunto de condiciones ontológicas que se requieren en el proceso de tal desarrollo. Se plantea entonces, que al satisfacer los derechos fundamentales, se satisface de manera sinérgica las necesidades. Por ello, la importancia de la expansión de las capacidades desde la libertad de agencia y el ejercicio de las titularidades como lo sustenta Amartya Sen[3] en la perspectiva de capacidades: La libertad es un valor fundamental, es un estado de autonomía. Empero, las titularidades, son el uso de las libertades y potencialidades en un contexto específico, que además posibilita la satisfacción de necesidades..

El desarrollo desde la Perspectiva de las capacidades. Se entiende la capacidad como el proceso de cogestionar y articular el desarrollo entre quienes toman las decisiones y quienes son sujetos de necesidades, potenciando su desarrollo a partir del ejercicio de los derechos.

Desde la Perspectiva de los derechos. El desarrollo humano es un proceso constituyente de ciudadanía. Planeta Jordi Bord: el problema de ciudadanía radica en el asunto de la participación. Con tal planteamiento dicha perspectiva está directamente relacionada con temas como la política y la ética, siendo un elemento antropológico la tenencia de derechos.

Por otro lado, si se parte que los semilleros son propuestas educativas y como propuestas educativas leídas desde Dewey (1902) que concibe lo educativo sólo como un proceso de vida y no una preparación para la vida futura, es un proceso continuo de reconstrucción de la existencia, en éste sentido la finalidad educativa de la escuela (semilleros) es de tratar de superar la diferencia cualitativa que hay entre la experiencia del estudiante y el contenido del la propuesta escolar, para que aquel pueda ir resolviendo los problemas derivados de su relación con el medio físico y social.

Así, se evidencia una contradicción entre el sistema educativo y lo semilleros de investigación, porque los semilleros están haciendo la tarea que no necesariamente le corresponde y es a la educación (escuela - sistema) a quien le corresponde cumplir con su función de la formación científica, critica y analítica de sus educandos, sin embargo en muchos casos en nuestro país, es el semillero una estrategia incluyente al presentarse como una posibilidad de contrarrestar estos atrasos, generando educación integradora y de calidad y subsanando con sus propuestas y espacios un poco la mencionada función de una educación triste.

Pero existe otra manera de demostrar como los semilleros juegan un rol protagónico frente a la función de la educación, frente a la inclusión educativa y desde allí, frente al desarrollo humano. Esa otra manera que propongo es una mirada a como los semilleros trabajan sin premeditar o premeditadamente el desarrollo de los pilares básicos de la educación para toda la vida como son: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser, estipulados por la comisión internacional sobre educación para el siglo XXI de la UNESCO[4] para una educación mas incluyente.

Aprender a conocer en los semilleros (epistemológico) se presenta como la posibilidad de profundizar en los conocimientos, aprender a desaprender y aprender a aprender para poder aprovechar las posibilidades que ofrece la educación a lo largo de la vida.

Aprender a conocer desde el diálogo estimulador del pensamiento, que Morin propone a todos en el pensamiento complejo, “ya sea desde la cátedra o los ámbitos más diversos de la práctica social, desde las ciencias duras o blandas, desde el campo de la literatura o la religión, y se interesen en desarrollar un método complejo de pensar la experiencia humana, recuperando el asombro ante el milagro doble del conocimiento y del misterio, que asoma detrás de toda filosofía, de toda ciencia, de toda religión, y que aúna a la empresa humana en su aventura abierta hacia el descubrimiento de nosotros mismos, nuestros límites y nuestras posibilidades” [5].

Aprender a conocer en el semillero aportando a curar la ceguera del conocimiento planteada también por Morín[6] en los siete saberes para la educación del futuro. Cumpliendo con la primera e ineludible tarea de la educación de enseñar un conocimiento capaz de criticar el propio conocimiento. enseñando a evitar la doble enajenación: la de nuestra mente por sus ideas y la de las propias ideas por nuestra mente. La búsqueda de la verdad desde los semilleros se presenta con reflexibilidad, crítica y corrección de errores. Pero, además, con convivencialidad de ideas y mitos. En el semillero se propicia el desarrollo de potencialidades y capacidades para detectar y subsanar los errores e ilusiones del conocimiento y, al mismo tiempo, enseñarles a los estudiantes a convivir con sus ideas, sin ser destruidos por ellas como lo plantea Morin.

En el semillero se pone en juego las didácticas y estrategias creativas, “escuela abierta”, las destrezas del pensamiento y desde allí en un proceso de búsqueda encontrar la mejor manera de acercarse al conocimiento recobrando el sentido de la educación como reto cultural, desde allí como lo plantea Carlos Eduardo Vasco (2006), la educación es la invención más rentable y no un gasto público.


Aprender a hacer en los semilleros, frente a éste pilar de la educación los semilleros posibilitan el desarrollo de potencialidades (competencias científicas) para hacer frente a gran número de situaciones problemáticas enmarcadas desde las diferentes experiencias sociales o laborales, a las cuales se enfrentarán como estudiantes y/o profesionales y especialmente el desarrollo de habilidades de trabajo en equipo.

Como lo plantea (Bruner y cols. 1.956) el hacer se refiere a la habilidad, al dominio de estrategias para la utilización del conocimiento (existiendo diferentes alternativas de acción) y requiere: modulación, diferenciación y sustitución de subrutinas. Finalmente la estrategia es un patrón de decisiones en la adquisición, retención y utilización de la información que sirve para lograr ciertos objetivos, para lograr unos resultados y no otros.

De otra forma Morin en los siete saberes, plantea ”Ante el aluvión de informaciones es necesario discernir cuáles son las informaciones clave. Ante el número ingente de problemas es necesario diferenciar los que son problemas clave. Pero, ¿cómo seleccionar la información, los problemas y los significados pertinentes? Sin duda, desvelando el contexto, lo global, lo multidimensional y la interacción compleja”, aspectos que naturalmente se presentan en los semilleros.

Existen serias sospechas que el hacer transformador, proactivo es uno de los virus que frecuentemente visita a nuestros jóvenes científicos de los semilleros, impregnándolos de inteligencia compleja apta para referirse al contexto, a lo global, a lo multidimensional y a la interacción compleja de la realidad. Esta inteligencia les permite construir a partir de los conocimientos existentes y de la crítica de los mismos, iniciativas atrevidas y creativas de investigación, para comprender y modificar nuestra compleja realidad.

Es decir, un virus que posibilita la construcción y el despliegue completo del ser humano en toda su riqueza y en la complejidad de sus expresiones y de sus compromisos como individuos miembros de un colectivo, ciudadano, productor, inventor y creador de sueños.
Aprender a vivir juntos (ético) se da desde la posibilidad que abre el semillero de descubrimiento y descubriendo de otros, precisamente desde la uni, pluri, diversidad se genera una toma de conciencia de semejanzas e interdependencias entre seres humanos, desde la igualdad del espacio e igualdad de condiciones al ser todos aprendices y constructores de sentido.

Aprender a vivir juntos, bien lo plantea Morin en los sietes saberes, al proponer que un mínimo de la educación es enseñar la condición humana para lo cual manifiesta: “Una aventura común ha embarcado a todos los humanos de nuestra era. Todos ellos deben reconocerse en su humanidad común y, al mismo tiempo, reconocer la diversidad cultural inherente a todo lo humano. Conocer el ser humano es situarlo en el universo y, al mismo tiempo, separarlo de él. Al igual que cualquier otro conocimiento, el del ser humano también debe ser contextualizado: Quiénes somos es una cuestión inseparable de dónde estamos, de dónde venimos y a dónde vamos”.

El semillero es el espacio donde se extiende la libertad pública y personal del grupo, los amores y desamores con el conocimiento, la libertad de acción y opinión de sus integrantes, la movilización del pensamiento como y para la reivindicación del ser si mismo, desarrollando la revolución de si mismo, pero también la desigualdad.

En el semillero se crea capital social, al posibilitar la interacción y la interdependencia de los sujetos por problemáticas que los vinculan hacia dentro del propio semillero y hacia fuera en su rol y proyección social.

El semillero propone formación política en tanto la vida colectiva del semillero en su entorno (sea escuela o sociedad) no pasa desapercibido, retomando a Hanna Arendt es un espacio desde el cual se expresa la vida “entre nos”. Es la vida colectiva que se desenvuelve en la acción y el discurso. Es la posibilidad de la natalidad en la que la historia se transforma. Como lo plantea Savater, en el semillero se construye un NOSOTROS, pero no como un NO a OTROS, es decir un nosotros para incluir mas que para excluir.


En coherencia con lo expuesto, en el semillero surgen iniciativas de solidaridad y cooperativismo donde se confunden la participación activa de profesores y estudiantes, que engendran nuevas formas de aprendizaje e interdependencia, respetando valores del pluralismo y mutua comprensión.

Los afectos y relaciones interpersonales no son asuntos ajenos en los espacios de los semilleros, lo afectivo referido como implicarse con otros/as y consigo mismo. Por ello, el desarrollo afectivo se orienta a fortalecer la capacidad vinculante y la capacidad de implicación.

La implicación se relaciona con la construcción del yo, del nosotros, de la otraedad. En ésta construcción existe la posibilidad de que el otro sea visible, del mismo modo cada uno. Desde aquí lo humano implica un rango amplio de formas de implicación, de reconocimiento del otro, es una inclusión personal del otro, por la posibilidad de ser y respeto por su campo de actuar libre y responsable en relación a los demás.

No solo son los demás por los demás, si no en la construcción de posibilidades de trabajar mancomundamente en proyectos motivadores que permiten escapar a la rutina y disminuir conflictos. Proyectos que permiten superar hábitos individuales y valorar puntos de convergencia por encima de los aspectos que los separan, originando un nuevo modo de identificación.

En la relación que propone Morin son los demás en una perspectiva planetaria. Pero, no sólo para percibir mejor los problemas, sino para elaborar un auténtico sentimiento de pertenencia a nuestra tierra, considerada como última y primera Patria. El término Patria incluye referencias etimológicas y afectivas tanto paternales como maternales. En esta perspectiva de relación paterno- materno- filial, es en la que se construirá a escala planetaria una misma conciencia antropológica, ecológica, cívica y espiritual. "Hemos tardado demasiado tiempo en percibir nuestra identidad terrenal", dijo Morin citando a Marx ("la historia ha progresado por el lado malo") pero manifestó su esperanza citando en paralelo otra frase, en esta ocasión de Hegel: "La lechuza de la sabiduría siempre emprende su vuelo al atardecer".

Aprender a ser en los semilleros (estético). Sin duda alguna, el saber mas importante y fundador de los anteriores, pues difícilmente podría comprender a los demás sin comprenderse a si mismo, aprender sin saber que sirve para mejorar la propia personalidad, y hacer sin sentido, sin capacidad de autonomía y juicio, de responsabilidad personal, sentido que lo da la esencia de cada humano desde sus posibilidades de desarrollo: cuerpo y mente, cognitivas (memoria y razonamiento), sensibilidad, sentido estético, capacidades físicas, responsabilidad individual y espiritualidad.

En los semilleros se funda el sujeto, porque siempre libremente se ponen en juego y se transforman el ser, saber, saber hacer y el aprender a vivir juntos; con elementos como la participación, la solidaridad, la cooperación, la ciudadanía y la formación política. Es decir es una experiencia positiva y es un medio para alcanzar una realización.

Pertenecer a un semillero lleva consigo la oportunidad de ampliar las capacidades humanas. Lo humano del semillero surge de las posibilidades que tiene cada estudiante de ser cada uno, con sus potencialidades, es un asunto propio, no surge por normas y reglas externas. En el semillero cada sujeto se hace, en y desde sus contextos históricos, sociales, políticos, económicos y culturales. El sujeto se hace en el espacio de la vida cotidiana, el semillero “confiere a los seres humanos libertad de pensamiento, de juicio, de sentimientos, y de imaginación para que sus talentos alcancen la plenitud y seguir siendo artífices, en la medida de lo posible, de su destino”[7], lo que no ocurre con “la dictadura de clases en jaulas cuadriculadas”.

Los semilleros son inclusivos, por que desde la ética y los valores, permiten que el estudiante se reconozca y se muestre en el grupo con corresponsabilidades. En este sentido el semillero es escenario de vida, de juego con la realidad al compartir y construir estética, lúdica, recreación, crecimiento y reflexión. En el semillero como lo plantea Alain Touraine (¿en podremos vivir juntos?) el sujeto personal no se muere por un ideal de sujeto consumidor.












1 EPI = saberes - tecnología AXIO= ético-valores ESTÉTICO = Artístico-creativo
Figura 1. Concepción integral del hombre - Modelo Epiaxioestético





BIBLIOGRAFÍA




BUSTELO, Eduardo, MINUJIN Alberto. Todos entran. Propuesta para sociedades incluyentes. UICEF. Santillana.Primera edición. Santa Fé de Bogotá. 1998. 276 pág.

CASTAÑEDA Góez Beatriz. OSSA Londoño. Por los caminos de los semilleros de investigación. Fondo Editorial Editorial Biogénesis UdeA. Medellín.2005. 421 pág.

DELORS Jacques. La educación encierra un tesoro. Informe a la UNESCO de la comisión internacional sobre educación para el siglo XXI. Santillana. España 1996. 138 pag.

MAX Neef Manfred. Desarrollo a Escala humana. Documentos UNESCO.

MORIN Edgar. Introducción al Pensamiento Complejo. Documento guía UNESCO.

MORIN Edgar. Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. Por Ex director de l'École des Hautes Études en Sciencies Sociales. Paris. Presentación del texto publicado por UNESCO.

OQUENDO Puerta Sergio René González Sandra, Castañeda Góez Beatriz. Semilleros de investigación. Una emergencia en pos del conocimiento y la ciudadanía. Fondo editorial Biogénesis UdeA. Medellín. 110. pág.

SEN Amartya. Desarrollo como libertad.

TOURIANE. Alain. ¿Podremos vivir juntos? Fondo de la cultura económica. México. 2001. Pág. 300.
[1] Referenciado por Jacques Delors. En Informe sobre la educación para el siglo XXI. 1996
[2] MAX Neef Manfred. Desarrollo a Escala humana. Documentos UNESCO.
[3] SEN Amartya. Desarrollo como libertad
[4] DELORS Jacques. La educación encierra un tesoro. Informe a la UNESCO de la comisión internacional sobre educación para el siglo XXI
[5] MORIN Edgar. Introducción al Pensamiento Complejo. Documento guía UNESCO.
[6]MORIN Edgar. Los siete saberes necesarios para la educación del futuro.Por Ex director de l'École des Hautes Études en Sciencies Sociales. Paris. Presentación del texto publicado por UNESCO.
[7] DELORS, Op.Cit. P 107